Conquistores de lo inútil

                                           

Conquistadores de lo inútil

Cierro los ojos y dejo que mi cabeza vaya recogiendo recuerdos esparcidos por todos los rincones de mi memoria. A veces llegan fácilmente, sin esfuerzo, y revivo con la misma intensidad que entonces lo vivido en las entrañas de esa cordillera humilde pero majestuosa del Cadí­Moixeró; otras, impotente, se enmarañan y revolotean desordenadamente mientras trato de asirlos toscamente. Qué difícil es poder escribir sobre aquello que sólo el corazón entiende; y ser capaz de usar la palabra justa que logre acercarse a ese brillo de los ojos al cruzar después de 13 horas y media una línea real pero a la vez imaginaria, o describir ese abrazo repentino pero sincero entre dos desconocidos desbordados por la alegria de cumplir un sueño, o sentir de nuevo los ánimos de aquellos que nunca tendrán la necesidad de enfrentarse a un reto similar pero que sin embargo te empujan más allá del sufrimiento gritando tu nombre y apartándote los fantasmas del miedo y de la duda. Dejemos pues que sean los pasos los que guien a las palabras y hagamos de nuestro avanzar un grito de rabia y de emoción a la vida.

Una carrera especial
Sin lugar a dudas, Cavalls del Vent, es una carrera especial. No sé qué será. Quizás el paisaje espectacular, que sin ser alta montaña le dan un aire salvaje al entorno que acaricia la mirada y los sentidos; o tal vez sea el gran número de seguidores y curiosos que se agolpan a través de todo el recorrido reconociendo a sus ídolos o animando a esos “conquistadores de lo inútil” desconocidos pero humanos, al fin y al cabo; o el tenerla tan cerca de casa y podernos escapar cuando queramos a recorrer sus senderos y “perdernos” entre su silencios que nos hablan de tantas cosas. Quién sabe… Afrontaba el reto con la ilusión de un niño y las miedos de un adulto. Sabia a lo que me enfrentaba pues ya había hecho gran parte del recorrido antes, pero siempre hay dudas y adversidades y sorpresas en forma de malas jugadas del destino, y estaba mentalizado para hacerle frente a todo y bajar la cabeza y apretar los dientes cuando hiciera falta. Salí tranquilo entre la parte delantera del “pelotón” pero sin prisas. Buscando mi ritmo y escampando las tentaciones de apresar el paso y ganar terreno. Eran las siete de la mañana, y la música del “Último Mohicano” nos había hecho gritar en una especie de catarsis colectiva mientras una
marea humana de nervios y testosterona inundaba las calles repletas de Bagà. Allí estabamos, por fin, en plena lucha.

El recorrido
Increíble nuestro paso por el Refugio Rebost primero, y por el de Niu d’Àguila, después. El punto más alto de la carrera con 2537 m en la cima de La Tossa d’Alp. Parecia una de esas etapas míticas del Tour en que los seguidores dibujan un estrecho pasadizo por el que se van haciendo hueco los sufridores ciclistas. Imposible reprimir la emoción. Ellos eran los que aplaudian y gritaban, y tú no podías sino retornarles el gesto y alzar los palos golpeándolos en señal de gratitud y respeto. Que grandes, y cuán privilegiado te hacían sentir. Gracias por estar allí y hacerme vivir esos momentos! Las piernas aguantaban bien, y sabia que esa primera subida podia marcar las buenas o malas sensaciones que vinieran a partir de ahora. Tocaba una larga bajada en la que valía la pena dejarse ir para no cargar en exceso los cuádriceps y pasar las “Penyes Altes” sin demasiados sufrimientos. Allí un par de amigos nos esperaban para animar y disfrutar, ellos también, de un buen dia en la montaña. Y por fin, en Serrat de les Esposes: la Multitud. ¡Uau! Parecíamos Kupricka y compañía corriendo por los senderos del UTMB. Niños corriendo a nuestro lado chocando los cinco y riendo, famílias disfrutando de un precioso dia en la montaña agitando cencerros y gritando a nuestro paso, el ruido de un helicóptero sobre nuestras cabezas, y la emoción de llegar junto a Núria Picas y Uxue Fraile y sentir el cariño y el reconocimiento del público vitoreando su nombre como alguien muy querido y respetado. Grande Núria y enhorabuena por servir de ejemplo y de inspiración. Sabia que al contrario que los pros, yo si necesitaba tomar aire y comer algo en los avituallamientos, así que las dejé ir y seguí a mi ritmo entre aplausos y cariño. La bajada hasta Bellvé era la parte nueva del recorrido y totalmente desconocida para mi. Yo soy más bien rodador que montañero puro, y las amenazas de algunos sobre esos kms extras de pista no me habían asustado demasiado. Quizás ese bucle sea algo forzado, pero la llegada al pueblo, con la facilidad de acceso para la gente y el gran despliegue de medios, compensaba el rodeo. Que gozada volver a ver a los de casa animándote y querer hacerte creer que esto está chupado y que ya lo tienes! ¡Si sólo estábamos en el km 40 de la carrera!! Pero suma y sigue: melón, plátano, rellenar bidones, tres vasos de caldo y a por ellos! Aquí empezaban a haber ya algunas bajas, entre ellas la de Zigor Iturrieta con el que intercambié un par de palabras
de ánimo y quién tras renunciar a seguir, se despidió mientras ponia otra vez el contador a zero rumbo a lo desconocido. El sol ya empezaba a apretar y las zapatillas, de moderada amortiguación, se iban adaptando bién primero a la larga pista y luego a la fuerte subida hacia el refugio de “Els Cortals d’Ingla”. La cabeza aguantaba y las piernas, seguían en su sitio. Al llegar, un gran cartel nos invitaba al recuerdo: “Siempre 3a”, en honor a Teresa Farriol que el año pasado había fallecido en esta misma carrera por culpa de una hipotérmia. Gaaaaaaaaaas, era su grito de guerra. ¡Qué duro y emotivo debió de ser para los suyos hacer este mismo recorrido como homenaje a su madre, mujer y hermana! De Cortals a Prat d’Aguiló, sabia que para mi era el tramo mas largo entre un control y otro. A la vez, sin embargo, es desde dónde las vistas, recorriendo gran parte de la cresta del Moixeró, són más espectaculares. Desde allí se tienen un primer plano del Pedraforca y del Comabona en el macizo del Cadí que te cortan el aliento. Que belleza, y cuán pequeño e inútil se puede sentir el hombre en su propia batalla contra el cronómetro. Recuerdo que me ví a mi mismo como un alpinista avanzando hora tras hora, paso a paso, envuelto en mi soledad aunque sin la recompensa de la cima. Por el simple placer de vivir y de sentirme vivo. Y os juro, que en ese preciso instante, todo el esfuerzo y la sinrazón de lo que hacíamos cobró sentido y con los ojos bien abiertos a mi alrededor, sentí como el corazón se me llenaba de felicidad. Pasado el refugio venia la segunda de las tres “temidas” subidas: el Pas de Gosolans. Con apenas 400 m de desnivel positivo éste se erguía frente a nosotros como un coloso. Lo primordial era mantener un paso firme, seguro. Desde abajo nos habían prometido chicas arriba y yo, a esas alturas, iba como ofuscado y me agarraba a lo que fuera para continuar y engañarme a mi mismo. ¡Allá voy amazonas! Pero al llegar, sólo el consuelo de haberlo terminado por fin y con la cabeza puesta ya en la larga pista de casi 7 kms que me llevarian al Refugio Estasen. Que sorpresa encontrarme con mi hermano que me seguiria un par de kms hasta el collado dónde empieza la pista. Por fin en el Refugio, otra vez, me sorprendió el recibimiento. ¡Brutal! feliz por las buenas sensaciones y por ver a los mios, engullí otro par de caldos, cogí magnesio líquido y un par de geles de café que me habían traído fielmente, y besé a mis dos hijos que parecia no entendían que tuviera tanta prisa por volver a marcharme. Estabamos ya en el km 70 y me quedaban “sólo” tres controles por pasar. Alguno de ellos tras una subida que sólo su nombre intimidaba a los más valientes: “Els Empedrats”. Después, sólo quedaria una hora y media de bajada hasta la “victória”. Pero aún quedaba lejos y tenia que
concentrarme en el aquí y el ahora. En una carrera tan larga, no puedes marcarte metas inalcanzables, pues la cabeza puede jugarte malas pasadas y hundirte si los metros se hacen kilómetros y los kilómetros eternos. Tienes que relativizar y sobreponerte al hastío y a la desperación e ir poco a poco. Paso a paso. Por un momento dudé si ponerme a escuchar música, pero enseguida supe que no estaba en el modo adecuado y que prefería seguir con mis propios pensamientos. Pasado Gresolet había una pequeña pero pronunciada subida que tenía que superar antes de empezar a bajar en dirección al río, y allí, fieles guardianes de mi maltrecho cuerpo, mi hermano y mi cuñada, otra vez. Me encontraba bien, pero mi plática no era que digamos un torrente verbal, así que intercambiabamos unas pocas palabras y seguia mi propio camino con la cabeza baja pero con la voluntad resuelta de quien tiene un trabajo que cumplir. Los kilómetros iban pasando uno tras otro, y poco a poco me acercaba a lo que era un punto psicológico de la carrera: la temida subida que me estaba trayendo de cabeza desde hacia tanto rato: “Els Empedrats”. Quedaban, ahora sí, 5 kilómetros de trabajada cuesta más doce de vertiginosa bajada. Pero ya no había vuelta atrás. Me tomé un frasco de esos de hora escasa de energy que venden en las farmacias y empecé a subir. Y tras 20 minutos seguía subiendo. Y pasaron otros veinte, y comencé a dudar de si llegaria nunca. Y cuando el energy apuraba sus últimas gotas, y yo mis últimas fuerzas, por fin entreví el refugio y alcé los brazos en señal de victória. Ahora si. Lo había conseguido. Podia tardar más o menos, y la verdad es que no me importaba. Bagá seria mi última parada.

La Llegada
Al recorrer los 3 últimos kilometros de asfalto antes de adentrarme en el sendero que me llebaría al pueblo, miré hacia arriba y ví las estrellas centelleantes sobre mi cabeza. Me emocioné. Pensé en mi buen amigo Andreu que sin estar me acompañará siempre a dónde vaya y haga la aventura que haga como si así pudiera vivir conmigo lo que él ya no pudo vivir. Y en el largo viaje. Y en las horas de dudas y de lucha. Y en los míos, guerreros también y pacientes. Gracias por apoyarme y empujarme. Y en el pueblo, en medio de los gritos y la música, feliz, grité de alegría y de rabia, y alzando mis dos hijos en brazos, juntos cruzamos ese último metro bajo el arco sintiéndome el hombre más feliz del mundo. Qué más se puede pedir…
Jordi Camprubí Ruiz Club 2×2 Santpedor
PD: Un dia después y aún levitando de felicidad, descubrí que me habian descalificado de la carrera. El motivo: no llevar por descuido un par de pilas de recambio para el frontal.

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